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lunes, 29 de marzo de 2010

Lo que aprendí en marzo de 1985

Fue hace ya 25 años que supe lo que era sentir miedo.

A principios de ese marzo fue el miedo a la naturaleza, cuando sentimos crujir la tierra en la casa de mis abuelos en Viña del Mar y vimos abrirse de par en par el muro del comedor abrazados con mi hermana, mientras mi abuela nos consolaba diciendo que al menos moriríamos los tres juntos. Luego las réplicas, dormir con los vecinos de la cuadra en unos sillones sacados a la calle, y esperar un día completo para tener comunicación con mis padres que habían vuelto a Santiago el día anterior con mi hermana menor.

De niño me habían hablado de la cordillera de los Andes, del oceano pacífico, del desierto y de los bosques y lagos australes, pero vivir ese terremoto fue el verdadero aterrizaje en la geografía de mi país luego del exilio.

Pero si creía que esto sería todo lo que me deparaba ese comienzo de año, estaba muy equivocado.

A fines de ese marzo, recién cambiados de casa a Santiago, conocería otro miedo aún mayor: el miedo a los seres humanos. Cuando escuché los balazos, los gritos, el ruido del neumático del auto arrancando a toda velocidad y las aspas del helicóptero sobre mi colegio, supe que la naturaleza podía ser violenta, pero sólo el ser humano, cuando ve en otro a un enemigo que hay que aniquilar para defender sus propios intereses, es capaz de la mayor crueldad imaginable.

De niño también me habían hablado de la represión militar, de los tanques en las calles, de personas hechas desaparecer, de torturadores infames, de compatriotas que fueron asesinados/as sólo por el pecado de luchar por una sociedad con más igualdad y justicia social. Pero vivirlo a sólo unos metros de distancia de mi sala de sexto básico fue el verdadero aterrizaje en la más cruda realidad de la dictadura chilena.

25 años después la historia se repite. Pero esta vez, el tiempo transcurrido no fue en vano. Hoy sé lo que es la valentía. La de intentar mantener la calma durante el nuevo terremoto. Y la de recordar con una vela en la mano a Manuel Guerrero, José Manuel Parada y Santiago Nattino. Porque la madre tierra seguirá crujiendo hasta la eternidad. Pero la mano humana no debe Nunca Más ser usada para tanta barbaridad contra otros cuerpos humanos.

martes, 8 de enero de 2008

Reflexiones en espiral sobre la memoria

Buscando otros posts blogueros acerca del Año Nuevo, me encontré con un escrito interesante, que va más allá del lugar común y hace pensar. Y quiero ponerlo aquí a disposición de ustedes, estimados lectores y lectoras, como invitación a la reflexión.

Abriendo su artículo con la imagen de una mujer africana con la huella reciente de un machetazo en su rostro,
Glen Lizardi de Iquique señala en su blog (escondido pero altamente sugerente, demostrando de paso que en la blogósfera "no famosa" se pueden encontrar múltiples espacios tremendamente interesantes pero poco conocidos), lo siguiente:


"Creo que vale la pena preguntarse ¿Hasta que punto es tolerable la violencia? ¿Hasta que punto soy yo capaz de tolerarla? ¿Que hago yo para cambiar esta situacion?"

"Debemos dejar de hablar de lo que pasa en el mundo para comenzar a hablar de lo que pasa en NUESTRO mundo. Todo lo que suceda en esta tierra, nos afecta y conscientes de eso seria inteligente que hicieramos algo... pero, ¿que hacemos?, propongo que partamos por mantener ese mismo espíritu que inundó la noche de navidad y que se replico en la noche de año nuevo; buena actitud, buena disposición, fraternidad con el del lado, solidaridad y todo eso sin violencia."
(AQUÍ el link al artículo completo)

A Glen lo conocí por casualidad hace algo más de un año a través de los blogs, pero, sin saberlo, nuestras historias ya tenían puntos de conexión previos en la historia. Su hermano
Humberto Lizardi fue asesinado el 11 de octubre de 1973 en el Campo de Concentración de Pisagua, a la edad de 26 años. A una corta distancia de él, también con la vista vendada, enfrentando el mismo cobarde pelotón de fusilamiento, compartiendo tan trágico destino, estaba un hermano de mi padre, de 27.

Y bueno, a propósito de esta pregunta tan profunda que nos deja planteada, sobre cómo hacer frente a la violencia -tanto la pasada, que aún nos pesa como fantasma en nuestro Chile Actual, como la de ahora, que cobra la vida de un estudiante mapuche en Vilcún- se me ocurrió invitarlos a ver un ejemplo bello y concreto de este espíritu fraterno, pacífico, solidario, comprometido, a través de
este video, que muestra a los niños de la Orquesta Infantil Juvenil de Padre Hurtado y el Coro de Niños del Colegio Latino Cordillera (donde participa mi hija), interpretando juntos un tema sobre América Latina el pasado sábado 29 de diciembre, en el marco de las actividades culturales de fin de año del Teatro por la Vida del Parque por la Paz Villa Grimaldi.

Entré al recinto por primera vez, conmovido, emocionado, impresionado, y salí con la satisfacción de haber cerrado el 2007 con un aporte a la memoria, homenajeando el futuro truncado que pasó por las vidas de los compatriotas que allí sufrieron, y celebrando el futuro por vivir en paz, de nuestros pequeños hijos e hijas.

Dejar atrás el pasado, porque ya pasó, pero nunca olvidarlo, nunca callarlo, siempre tenerlo presente para no repetir los horrores. Dejar adelante el futuro, porque es lo que viene, pero nunca apurarlo, siempre extraer lecciones del futuro que ya pasó.

Me permito invitarlos e invitarlas a este ejercicio necesario.

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Imagen tomada prestada desde
http://www.spacetelescope.org/images

viernes, 20 de julio de 2007

La tortura, no !

"Aplicación de golpes eléctricos", "gases paralizantes", "violencia policial", "lumazos", "abuso de poder", "patadas en el suelo", "jóvenes indefensos", "cuerpos amoratados", "quemaduras en el torso", "encierro en camarines", "censura a la prensa", "estadio de fútbol"... oía todo esto por la televisión después del partido de Chile con Argentina y me sonaba tan a historia conocida... será porque personas tan pero tan cercanas a mí vivieron hace treinta y tantos años una historia tan parecida, y por semanas, meses, incluso años... los mismos ingredientes, pero esta vez hablaban de Toronto, Canadá... no de la Academia de Guerra Naval de Valparaíso, no del buque escuela Esmeralda, no del campo de concentración de Pisagua...

Yo no sé cómo reaccionaría ante una descarga de electricidad en mi cuerpo. No sé si aguantaría algo así. Pero cuando he oído relatos de familiares directos al respecto, un gran escalofrío me recorre hasta el alma.

Por eso, la verdad, me pareció horrible, indignante, lo que hizo la policía canadiense con los jóvenes futbolistas chilenos a la salida del estadio. Me los puedo imaginar, a unos grandotes gringos mirando a estos negritos sudacas chilenos, pensando "cómo les damos una lección, cómo les enseñamos quienes son los que de verdad mandan acá, en el primer mundo"...

Y por eso también estoy totalmente de acuerdo con Mayne-Nicholls, "no podemos aceptar la acción de la policía, nuestros jugadores son niños de 18 y 19 años". Y permítame sumarme a esta indignación, a este reclamo, a esta protesta, agregando "ni ningún ser humano, tenga la edad que tenga, piense lo piense, se dedique a lo que se dedique, merece ser tratado de esta manera".

Justamente porque me siento parte de la barbarie de tantos miles de chilenos (entre ellos personas muy cercanas) que vivieron en carne propia la tortura, los golpes de electricidad sistemáticos, las patadas, el encierro en pequeñas piezas sin comunicación con sus familiares, etc. es que solidarizo con estos muchachos.

Si hablamos de fútbol, tengo claro que el triunfo de Argentina fue justo, aún a pesar del claro favoritismo del árbitro alemán por los trasandinos. Los chicos chilenos no supieron jugar con calma, con racionalidad, con estrategia, y sucumbieron ante el oficio de los chés. Pero estos son debates dentro de la cancha, sólo hablamos de fútbol, al fin y al cabo.

Sin embargo, lo que vino después no tiene nombre. Ni aquí ni en ninguna parte del mundo.

Parece que detrás de la apariencia de respeto por la diversidad cultural, detrás de la acogida al multiculturalismo que proyecta Canadá, se esconden los mismos trazos de xenofobia y racismo de tantos otros lugares del mundo.

Me encantaría oír las opiniones al respecto de tanto queridos compatriotas que viven allá, a ver si esto es sólo una visión influenciada por la prensa local o si estamos de acuerdo en el punto.
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Foto tomada de http://www.mediotiempo.com/noticia.php?id_noticia=42107

jueves, 5 de abril de 2007

Memoria y futuro

"Hoy puede ser un gran día" de Joan Manuel Serrat, en versión de Familia Valera Miranda, álbum "Cuba le Canta a Serrat", 2005

La memoria es uno de esos fenómenos difusos, heterogéneos, que parecen difíciles de tocar pero sin embargo se sienten en la piel. Está dispersa entre miles y millones de seres individuales, cada cual con su propia estructura de imágenes del pasado, sus propios criterios para decidir lo que recuerda y lo que no.

En lo personal, por ejemplo, soy capaz de recordar personas, situaciones y cosas significativas que sucedieron muchos años atrás con lujo de detalles, pero al mismo tiempo soy de esos que van a un rincón de su casa a buscar algo y deben volver al lugar de origen pues olvidaron a qué iban. En otras personas es al revés, tienen excelente memoria de corto plazo pero no así para lo que ocurrió hace un año.

Sin embargo, hay momentos mágicos en que estas diferencias se disuelven, la atomización se acaba y emerge una Memoria que supera a cada una de las personas que la experimentan. Una Memoria que queda instalada como una suerte de espíritu con vida propia, más allá de cada memoria individual que sólo ve reflejada en sí misma retazos de esa memoria "más grande". Tal vez esto es lo que algunos han llamado
memoria histórica o memoria colectiva.

Creo que algo como esto fue lo que sentí el pasado sábado 31 de marzo en la tarde, en el Acto
"Con memoria y alegría, adelante por la vida", realizado en la esquina de El Vergel con Los Leones, donde antes estuvo el edificio de mi colegio, donde luego se cavó un profundo hoyo, y desde cuyas puertas hace 22 años fueron secuestrados José Manuel Parada y Manuel Guerrero, para ser luego asesinados junto con Santiago Nattino en Quilicura.

Es la Memoria que nos envuelve, que se hace Rito colectivo, que genera Hitos físicos, territoriales, que desborda la tragedia original para convertirse en señal de vida.

Yo creo que nadie supera jamás completamente el trauma de perder a su padre, hermano, hijo, esposo, amigo, compañero, de la forma en que los mataron a ellos. Yo al menos creo que no podría. Pero, sin embargo, también el dolor, la pena, la rabia, el horror parecen ser capaces con el tiempo de convertirse en tierra fértil para que nazcan de allí nuevas formas de vida, creación y alegría.

En los ochenta, seguíamos a los líderes secundarios que encabezaban la marcha de escolares a pie por Los Leones, doblando en Providencia hacia el centro hasta llegar al frontis de la Corte Suprema. Junto con la fuerza policial, emergían de pronto en alguna esquina camionetas sin patente, con civiles no identificados y armados, que nos apuntaban a nosotros, los pingüinos. En los noventa, a medida que la justicia se acercaba a pasos lentos y nos acostumbrábamos -unos más, otros menos- a la tímida democracia que nacía, el punto de encuentro era la Velatón del Latino, un ritual que se fue convirtiendo en punto de (re)encuentro comunitario. Esta vez, si bien lo que convoca siempre será un pasado doloroso, por primera vez sentí que el verdadero protagonista era el futuro.

Entre diversos artistas de gran nivel y diferentes estilos, entre stands temáticos de distintas organizaciones, entre los niños jugando al rededor del
chancho de Roger Waters, volví después de mucho tiempo a subir a un escenario junto a otros apoderados y mi amigo Binfa, para acompañar al Coro de Niños del Colegio Latino Cordillera dirigido por el Tío Leo, quienes nos sumamos luego al final a Luis Lebert con su canción "Homenaje".

Luego, en la velatón y guitarra en mano, fuimos con el Vera y la Laura, el Binfa, el Alejandro Laura, la Daniela, la Mane, el Luis -y muchos y muchas más- a la puerta donde hace 22 años escuchamos los gritos, el balazo, el chirrido de los neumáticos del auto arrancando y el helicóptero arriba, para exorcisar el sitio con las canciones de Illapu ("Aunque los pasos toquen"), Víctor Jara ("El derecho de vivir en paz"), Inti-Illimani ("Vuelvo"), Congreso ("Hijo del sol luminoso"), Santiago del Nuevo Extremo ("A mi ciudad") y "El pueblo unido jamás será vencido".

Es cierto, son canciones escritas en el pasado, pero que no han perdido vigencia pensando en lo que viene por delante. Un chofer de micro anónimo paró y se sumó al carnaval con bocinazos, señal de que la Memoria grande de la que hablaba al principio estaba allí presente, abrazando a todo el mundo. Bienvenido futuro.

Salud por eso ! Salud por Guerrero, Parada y Nattino !

lunes, 11 de diciembre de 2006

"Señor Pinochet..."

"Señor Pinochet..."

Escudriñando en mis recuerdos infantiles, es posible que así comenzara una carta que en la segunda mitad de los años '70 le enviara al dictador una amiga nuestra y vecina de Potsdam. Tendría ella unos 6 años más o menos y le escribía desde el exilio una carta personal al general pidiéndole que liberara a su padre de la cárcel. Se llamaba Tania y era hija de Exequiel Ponce, dirigente en la clandestinidad del Partido Socialista en Chile. Creo recordar dibujos en que ella ponía la cara de su padre tras unos barrotes de una prisión. Los niños alemanes, que algo de memoria histórica llevaban incorporada por relatos e historias familiares (sólo habían pasado algo más de tres décadas del holocausto nazi) le decían -con cruel franqueza- que probablemente su padre ya estaba muerto, pero ella se aferraba a la esperanza de tenerlo preso pero vivo, de modo que pudiera leer sus cartas.

El general nunca se dignó a darle una explicación. Como tampoco se la daría a mi primo Mario por su padre Mario Morris, a Daniela por su padre Sergio Peña, a Javiera por su padre José Manuel Parada, a Paula por su hermano Carlos Godoy, a Manuel por su padre Manuel Guerrero, a Daniela por su padre Freddy Taberna, a Alan por su padre Alan Bruce, a Eduardo por su padre Eduardo Canteros, a María Paz por su padre Marcelo Concha. Como nunca se la dio a ninguno de los familiares de los miles de asesinados y detenidos desaparecidos. Como tampoco se la dio a todos los y las decenas de miles de torturados y torturadas. Como tampoco se la dio a las y los cientos de miles de compatriotas exiliados. Como no se la dio a mi familia, que como tantas otras en Chile, tiene el triste record de haber experimentado en carne propia todas estas atrocidades. ¿Delito? Querer y exigir una sociedad más igualitaria, más justa, más democrática, y comprometerse activamente en pro de estos ideales.

Y cuando pudo dar explicaciones optó por la ironía y el tono burlón del genocida. "Pero qué economía más grande..." diría a principios de los noventa cuando se iniciaron las exhumaciones de cadáveres en el Patio 29 del Cementerio General, fosa en que se enterró clandestinamente a cientos de víctimas de la represión militar y se descubrió que en algunos nichos habían sido lanzados dos cuerpos. Y no hubo aplicación de la justicia para el dictador.

En suma, Pinochet de algún modo representa y sintetiza en su figura pública varias de las peores características de esta particular especie que somos los chilenos. Traidor, cínico, cruel, arribista, cobarde... sobre todo cobarde. Y esto, disponiendo de todo el poder absoluto del Estado sin contrapesos llevó a la tragedia que conocemos y cuyas heridas aún llevamos en el cuerpo y en el espíritu.

Ahora que por fin se fue de este mundo, su familia pide humanidad, pide gestos de grandeza, pide paz. Y claro, seguro que sus hijos y nietos ven en él al padre de familia y al abuelo al que guardan afecto. Una de las grandes lecciones de la película "La Caída" ("Der Untergang") es que incluso la mayor de las bestias -como el caso de Hitler- puede ser al mismo tiempo un hombre completamente normal en su vida íntima. Eso es precisamente lo que hace más patente el carácter de ogro de estos personajes nefastos. Tipos que pueden jugar con sus nietos el domingo por la tarde y que al lunes siguiente estarán dando órdenes para torturar y asesinar a sus opositores.

Lo que yo espero es que haya alguna vez algo similar a la justicia para tantas víctimas de tanto sufrimiento a manos del dictador. Que los cómplices y colaboradores de la dictadura no se escuden en la muerte del anciano general para expiar sus propias culpas. Que nunca más en Chile haya un Pinochet. Que generemos mecanismos para erradicar los Pinochets que a veces laten de modo difuso en nuestra sociedad y que afloran con la intolerancia, el arribismo, el racismo, la xenofobia y el autoritarismo. Y que de una vez por todas la memoria histórica quede reestablecida y se llame a las cosas por su nombre: al pan, pan, al vino, vino, y al dictador, dictador.

miércoles, 4 de octubre de 2006

Se fue Septiembre, pero Chile sigue: pensamientos primaverales

Y se fue septiembre y no es tan terrible para Chile y su chilenidad. Tanta gente que siente que a la patria se va la vida con la chicha, la empaná, su pie de cueca bien zapateao, el rodeo, las colleras, y el glorioso ejército "siempre vencedor, jamás vencido" desfilando gallardo a pleno solo por el Parque O'Higgins.

Aunque para ser sincero, a mí también me pasa cada vez más -aunque posiblemente de otra manera- que en estas fechas siento una curiosa sensación de "chilenidad" que recorre mis venas.

Tampoco yo puedo aguantarme un dieciocho sin bailar a lo menos una cueca. No bailo bien, pero le pongo empeño. Comprendo algo de la lógica del baile, aunque en la pista me pierdo entre las distintas etapas del cortejo a mi compañera salvo cuando viene el zapateo y la vuelta, que a eso sí que le pongo color, más aún si previamente he estado compartiendo en torno a una parrilla y unos buenos vasos de borgoña, por ejemplo.

Septiembre es un mes que para mí al principio fue de pena, de miedo y de silencio, pero lentamente fui conquistándolo, haciéndolo mío, hasta ser el mes de fiesta y "alegriosidad" (como dice una canción de 31 Minutos) que es ahora.

La pena y el miedo:

Si ya desde momentos muy tempranos del desarrollo fetal y mucho antes de salir del vientre materno, como la ciencia parece indicarlo, uno es capaz de escuchar y sentir lo que ocurre en el "mundo exterior", entonces viví también la angustia del golpe militar del 11 de septiembre de 1973 y probablemente algo alcanzó a quedar en mí de la represión y persecución hacia mi familia por las calles y cerros de Valparaíso. Probablemente llegaron a mí los murmullos de mi madre, amigos y cercanos preguntando por mis tíos y mi padre prisioneros en recintos de la Armada, seguramente me llegó el impacto de mi otro tío fusilado vilmente en Pisagua, y ciertamente algo me alcanzó el eco de la angustia de mis otros tíos escondidos de las hienas sedientas de sangre, que los buscaban por cielo, mar y tierra. Y luego la familia desperdigada por el mundo, mi abuela, mis tíos y mis muchos primos considerados como "peligros para la sociedad", la L en el pasaporte, semillas de Chile y Valparaíso que iban creciendo desperdigadas por Canadá, México, Suecia y las dos Alemanias... entonces no podía evitar que septiembre me pusiera algo triste.

El silencio:

Una vez ya en Chile, septiembre fue también el mes del silencio. Tal vez el momento que mejor grafica esto en mi memoria, pensando especialmente en mediados de los ochenta, es aquel 7 de septiembre de 1986. Habíamos realizado un paseo familiar al Cajón del Maipo y de regreso hacia Santiago nos sorprendió un taco descomunal un poco antes de llegar a la zona de El Volcán. Ya oscureciendo se podía apreciar a lo lejos una especie de fogata cortando la calle, a unos 1500 metros aproximadamente. ¿Una barricada? ¿Un incendio? ¿Protestas en el Cajón del Maipo? Nadie sabe. Luego, en sentido contrario al taco, un vehículo grande como con balizas. ¿Un camión de un banco? ¿Una ambulancia? ¿Un vehículo policial? Nadie sabe. Lo cierto es que nos desvían hacia Pirque y comienzan a sobrevolar la zona helicópteros alumbrando con sus focos los cerros precordilleranos. Por lo menos unas 3 horas en ese camino, esperando ser revisados uno por uno. Tensión, preocupación... pero nadie comenta nada entre los miles de autos en caravana. Luego a alguien se le ocurre encender la radio. "Atentado contra Pinochet". Y nadie dice nada, nadie festeja, nadie llora. La escena es bien impresionante y es como una metáfora de ese tiempo. El silencio autoimpuesto y la desconfianza de la gente... y luego el silencio impuesto a sangre y fuego en la noche por los agentes de seguridad como represalia contra 4 militantes de izquierda. Septiembre, un mes "para adentro".


La fiesta:

Sin embargo, subterránea, y en paralelo se va asomando también la fiesta. Desde que en septiembre de 1982 nos esperaba en el aeropuerto mi abuelo materno con un pañuelo blanco agitando desde la terraza, casi bailando un pie de cueca por nuestro retorno. Luego las fondas en el patio de la casa de Chorrillos, con hartos invitados, hartos vecinos, harto guitarreo, harto vino para los viejos y harta comida para todos. Luego, los primeros bailes chilenos del norte, centro y sur, en el Winterhill y luego en el Latino. "Levántate hombre flojo...", "En el rodeo de Los Andes comadre Lola...", "Mazamorra me han pedío, mazamorra voy a dar...", "Esta cueca nortina a mis paisanos va...". De a poco voy desalemanizando el ritmo e igual logro defenderme. Claramente mejor que cuando el tal "señor Eli" (chileno de apellido Signorelli) nos trataba de enseñar a bailar la cueca tradicional "Chile, Chile lindo..." a los niños chilenos en un subterráneo de Potsdam, después de repasar canciones del Inti y el Quila. Mezclas curiosas del exilio...

Ya en la enseñanza media en Santiago, el dieciocho se convierte en una oportunidad propicia para conocer chiquillas, en una fonda alternativa, frente a Plaza Egaña que se caracteriza por tocar más salsa que cueca. Y con los amigos nos pasamos noches enteras ahí, día tras día. En la universidad las fiestas patrias se mezclan con el movimiento estudiantil. Peñas-rock, actos en el patio central del Campus San Joaquín, comiendo empanás e invitando a bailar un pie de cueca a las dirigentas del sindicato de trabajadores, buscando motivar la participación. Y así, el dieciocho se va encuecando cada vez más, año tras año, especialmente con las cuecas choras, no las paltonas y señoriales de los patrones de fundo.


Y ahora veo a mi hija celebrando con alegría el dieciocho chico en su colegio y veo la vida de Víctor Jara expuesta en imágenes para todo público frente a La Moneda, y veo que por fin todas las piezas vuelven a calzar. La pena, el miedo y el silencio no se olvidan, están en la memoria, forman parte de nuestra historia, pero cada vez se abre paso con más naturalidad la fiesta.

Así que bien zapateao, y por cierto sin pedir perdón ni olvido... Viva Chile, mierda !!


miércoles, 29 de marzo de 2006

El otoño de 1985


Esta historia no la leí ni me la contaron. La viví, la vivimos.

A fines de marzo de 1985 estábamos recién instalados en Santiago y me faltaban pocos días para cumplir 11 años.

El Alitalia que nos trajo de vuelta a Chile desde el viejo continente se había posado en septiembre de 1982 en el aeropuerto de Pudahuel, desde donde nos fuimos directamente a Viña del Mar, donde vivían mis abuelos. Fueron los calores, colores y olores de la provincia los que primero me ayudaron a construir la imagen de este país, al mismo tiempo mío pero desconocido.

Por eso, la noticia del cambio de casa a la gran metrópolis -por una combinación de motivos políticos y económicos- fue todo un suceso. Nos instalamos en un pequeño departamento cerca de las Torres de Carlos Antúnez y desde allí nos iríamos todas las mañanas en micro, con mi papá y la Eli, hacia nuestro nuevo colegio, el Latinoamericano de Integración.

Pero la mañana del viernes 29 de marzo nos fuimos solos con la Eli en la micro. Mi papá, que había sido contratado como profesor de castellano del Latino, se iría un poco más tarde, por algún motivo que no recuerdo. El viaje no tuvo nada de especial o diferente a los de otros días. Sólo un detalle nos llamó la atención por lo inusual para ser las 8:20 de la mañana (y de hecho recuerdo que lo comentamos ahí mismo con mi hermana): una micro de carabineros estacionada en la calle Los Leones, más o menos a la altura de Eleodoro Yañez.

Llegamos al colegio como siempre, a las 8:25 hrs. En la puerta nos recibió y saludó cariñosamente un profesor de bigotes, al que llamaban el Tío Manuel, quien recuerdo llevaba puesta una chaqueta de cuero negra y conversaba con algunos apoderados que iban llegando a dejar a sus hijos (en ese momento, como recién llegado al colegio, todavía no ubicaba bien a todos los profesores, pero este rostro me era más o menos familiar, pues siempre estaba en la puerta y saludaba al llegar en las mañanas). La Eli se fue a su sala y yo a la mía.

Entré a mi sala, que quedaba en el primer piso. Era la primera, la que estaba más cerca de la puerta de la calle y tenía colgado en una muralla un gran mapa de América del Sur. Saludé a algunos compañeros y compañeras, de los que estaba recién comenzando a hacerme amigo, me senté en mi puesto y la Tía Isabel comenzó con su clase de matemáticas a eso de las 8:30 u 8:35. Como hacía pocas semanas había sido el terremoto, yo estaba particularmente preocupado por una pequeña grieta que había quedado visiblemente marcada en el techo.

Y entonces ocurrió. Serían algo así como las 8:50 y se sienten gritos desde la calle. No escucho bien lo que dicen, pero parece ser una especie de pelea o forcejeo. Luego, tras unos minutos -o tal vez fueron segundos- una fuerte explosión. En mi vida había oído el sonido de un balazo, por lo que lo primero que pensé fue en una bomba. Y luego el fuerte chirrido de unos neumáticos en el pavimento y un automóvil que arranca a toda velocidad del lugar. Casi simultáneamente con esto, desde el cielo se siente el ruido muy cercano, casi rozando el techo del colegio, de un helicóptero policial.

La Tía Isabel se asoma a la ventana desde la esquina de la sala y su rostro se pone pálido. Yo no lo recuerdo, pero al parecer en un minuto nos dijo que nos cubriéramos bajo los escritorios. Alguna compañera de curso se pone a llorar (estoy casi seguro que fue la Magdalena) y luego el llanto se generaliza. La Tía Isabel nos pide disculpas, que esto no se debe hacer en una sala de clases, pero que le permitamos encender un cigarrillo y se larga a fumar, notoriamente nerviosa e impactada. Alguien dice "se llevaron al Tío Manuel!", "balearon al Tío Leo!", "se llevaron a otra persona de barba!". Y de aquí en adelante pierdo la noción del tiempo. Cada minuto era como una hora.
(Hace unos 2 años conversé por casualidad con una persona que me relató que vio el secuestro desde afuera, desde la calle. Estaba ese día en el paradero de la vereda del frente del Latino, con otras 3 ó 4 personas, esperando micro y extrañado de que no hubiera ningún flujo vehicular por Los Leones. De pronto, ve al otro lado de la calle a un grupo de personas subiendo a la fuerza a dos personas a un vehículo y disparando a otro sujeto. Le comenta a los demás que esperan micro que habría que dar aviso del hecho a alguien, pensando que había sido un asalto. Los otros le dicen que mejor haga como que no vio nada, que para qué meterse en problemas. Dieron la media vuelta y caminaron por El Vergel hacia el oriente)...
Recordé que mi papá iba a llegar un poco más tarde al colegio y a mi mente vino la historia que había escuchado de muy niño, de cuando en 1973 luego del golpe llegaron los marinos a encañonarlo, golpearlo y apresarlo en la sala de clases del Liceo de Valparaíso en que era profesor, frente a todos sus alumnos y a plena luz del día. De tan sólo pensar que pudieran habérselo llevado a él o que lo hubieran baleado, un nudo de angustia se formó en mi garganta. Años después, recordando ese día con compañeros y compañeras de curso de la época, me dí cuenta que no fui el único: muchos pensamos automáticamente en nuestros padres y madres. Y efectivamente la tragedia tocó a una de mis compañeras: había sido al papá de la Javiera -José Manuel- al que habían raptado junto con el Tío Manuel.

El colegio se llenó de periodistas. Un grupo de alumnos más grandes pintaron un lienzo que colgaron hacia la calle, con los rostros de Manuel y José Manuel y la palabra "SECUESTRADOS" escrita con grandes letras de color rojo. Nos llevaron hacia un patio interior del colegio y empezaron a llegar los apoderados para retirarnos. Nosotros nos fuimos al departamento de una amiga de mi papá (la Geca, mamá de la Fernanda) con instrucciones muy precisas: "No abran la puerta a ningún desconocido. Si se acercan carabineros a hacerles preguntas no respondan o digan que no saben nada".

Y así pasó esa tarde eterna. No recuerdo si dormimos allí o volvimos a casa. Pero al día siguiente estábamos todos en nuestro departamento cuando escuchamos por Radio Cooperativa la noticia del hallazgo de 3 cuerpos degollados cerca del Aeropuerto. Describieron sus vestimentas y luego, más tarde, dieron a conocer sus identidades: Manuel Guerrero Ceballos, José Manuel Parada Maluenda y Santiago Nattino Allende. El llanto estalló en casa. Le pregunto a la Tía Geca qué significa "degollados" y me lo explica. Horror.

Al día siguiente fueron los funerales masivos. Marcho con mis padres y la Eli por las calles del centro de Santiago, con muchísimo miedo, inmerso en una multitud de miles de personas. "¿Y si nos matan a todos a mansalva?", "¿Y si luego nos persiguen hasta la casa y nos hacen daño?".

Volvimos al colegio el lunes. No tuvimos clases y dedicamos la jornada a conversar sobre lo ocurrido y expresar nuestras emociones. Escribimos cartas para el Tío Leo, que estaba agonizando con una bala en el cuerpo en la Clínica Indisa. Y organizamos entre nosotros una mini revista, que llamamos "Ñiños por la Vida", para venderla y donar los fondos para su tratamiento y recuperación.

Esta es la historia de ese día, que queremos que NUNCA MÁS vuelva a ocurrir en nuestro país. Esto es lo que nos hace llenar de velas Los Leones 1401 todos los años. Y este horror es el que, a pesar de todo, se nos ha convertido en optimismo, en fé en el futuro, en compromiso social, en creatividad, en alegría, en amor.