No me voy de esta ciudad con la resignación de los visitantes en tránsito Me dejo atar, fascinado por ella a los recuerdos del presente: cosas que no tuvieron, por definición un futuro pero que, ciertamente, llegaron a envejecer, pues las dejo a sabiendas de que son, tal vez, las últimas elaboraciones del deseo los caprichos lábiles que preanuncian la vejez.
En una barraca, cerca de Nueva York, el martillero liquidó el saldo de su negocio --un stock de fotografías antiguas-- ofreciéndolas a gritos en medio de la risotada de todos: "Antepasados instantáneos", por unos centavos Esos antepasados eran los míos, pues aunque los adquirí a vil precio no tardaron, sin duda, en obligarme a la emoción ante el puente de Brooklyn como si Manhattan, que se enorgullece de volatilizar el pasado conservándolo en el modo de la instigación a desafiarlo fuera mi ciudad natal y yo el hijo de esos antiguos vecinos de los que la voz gutural hace irrisión, y el martillo.
Fui un afortunado. Llegué en diciembre con cielo despejado y la gran manzana se me apareció de improviso, sorprendiéndome con su belleza y dejando su silueta por siempre dibujada en mis recuerdos de fines del 2011.
Ya no recuerdo quien, cuando ni cómo me dijo alguna vez que en todo lo que pasaba el primer día del año hay una sinopsis de lo que se viene en los 12 meses siguientes.
El 2010 me confirmó que algo de cierto puede haber.
El primer día del año que despedimos, cuando las visitas ya se habían ido de casa, estaba yo cerca de las 3 de la mañana, contento, lavando y secando platos, cubiertos, vasos y copas... copas, copas, copas... y en cosa de segundos, de tanto entusiasmo, presioné con demasiada fuerza la que tenía en mi mano.
El destino hizo el resto del trabajo. Sentí un trozo de la copa rota incrustarse en mi dedo medio, luego mirar el paño de cocina entintarse lentamente, despejar el área afectada, quitar el objeto extraño y constatar el chorro de sangre que emanaba sin parar de la herida, como en una manguera regadora. La camisa blanca manchada de rojo, el sangramiento que no paraba... y partimos con Andrea y Marifer a urgencia de la posta de Ñuñoa.
Luego de esperar, tres y media de la mañana, la enfermera me hace la curación respectiva de primeros auxilios, y me dice que probablemente me harían puntos, idea que luego el doctor descartó. Me despedí de aquel lugar con una venda gigante en el dedo y no sin antes abrazar al personal de salud que me atendió, deseándoles un feliz año nuevo a todos (no por una pinche herida iba a dejar de celebrar! además, pese al dolor, seguía contento).
A las pocas semanas, la herida cicatrizó, pero me quedó la marca y perdí algo de sensibilidad en una zona del dedo hasta el día de hoy, cosa que en todo caso felizmente no me impide tocar la guitarra.
Quien se iba a imaginar que simplemente había asistido a un resumen compacto de lo que se venía el 2010. Ya pasó, acá seguimos, pero las marcas, la experiencia y las huellas del pasado quedan por siempre. Como la marca en mi dedo.
El pasado, lejos de borrarse, se incorpora (como canta Pablito Milanés). Ha llegado el momento de despedirlo y comenzar de nuevo. Porque, como bien canta Serrat, "y bueno pues, adios ayer... y cada uno a lo que hay que hacer!"
En medio del indudable y justificado hito noticioso mundial que es la gran noticia del rescate de los 33 mineros atrapados por más de dos meses en la mina cerca de Copiapó, un pequeño lapsus verbal del presidente provocó una curiosa situación. Al saludar al primer minero rescatado (Florencio Ávalos), se refirió a él como Florencio "Ceballos". En realidad esto es un error sin mayor importancia que le puede ocurrir a cualquiera (tal vez por el nerviosismo o la ansiedad del momento). Lo interesante sin embargo es lo que este error generó. Florencio Ceballos existe, es un colega sociólogo y esta sola mención hizo que en cosa de unas pocas horas pasara de tener cerca de 200 seguidores a casi 1.000, casi todos ellos desconocidos.
¿Será un síntoma a pequeña escala de un cierto estado de borrachera comunicacional que nos está afectando a los chilenos? Florencio relata así la freak experiencia vivida: "Yo vivía feliz en mi pequeña twittercasa y conocía a la mayoría de mis 200 twittervecinos, a quienes en general le interesaban las mismas twitterfomedades que a mi: política, tecnologías, crítica. Tenía el habito de seguir a quien me seguía, y tuiteaba esporádicamente con la tranquilidad de que a (casi) nadie le importaba mucho lo que yo dijera. No tenía un nombre divertido, ni misterioso, ni ingenioso. Simplemente @floro_ceballos. Un ciudadano gris de #twitterlovaquia. Todo eso cambió el 14 de octubre de 2010 a las 00:11 hrs..."